El incremento del volumen de sangre que bombea el corazón durante la actividad física, proporciona un aumento de nutrientes y oxigeno que beneficia también al tejido óseo.
Este mismo ejercicio físico incide positivamente también sobre las articulaciones, ya que estimula la producción de líquido sinovial. Esta sustancia que se encuentra en el interior de las articulaciones es la que asegura la nutrición del cartílago que reviste los extremos de los huesos.
